CITA
APA
Martinez-Rodriguez,
F.M. y Amador, L.V. (2010). Educación y desarrollo socioeconómico. Contextos
educativos: Revista de educación, (13), 83-98.
PALABRAS
CLAVE
Educación,
desarrollo, crecimiento socioeconómico, cultura emprendedora, redistribución de
la riqueza, justicia social.
RESUMEN
En
el presente trabajo analizamos críticamente la noción de desarrollo desde una
perspectiva socio-histórica. Comprobamos que este concepto no es sólo sinónimo
de crecimiento económico, sino que más bien se trata de un término
interdisciplinar en el que además se interrelacionan los aspectos educativos,
sociales, políticos, culturales, etc. Asimismo, y después de analizar la
realidad socioeconómica actual, llegamos a la conclusión de que es preciso
orientarnos hacia un nuevo modelo de crecimiento, centrado en nuestro caso en
el fomento de la cultura emprendedora, donde la educación deje de tener un
valor exclusivamente instrumental al servicio de los intereses económicos de
unos “pocos privilegiados” y se convierta en el motor de un desarrollo humano
capaz de favorecer el progreso, la igualdad y la justicia social.
CONCLUSIÓN
A
lo largo del presente trabajo hemos visto que la noción de “desarrollo” ha tenido
una fuerte carga peyorativa desde un punto de vista histórico. Se ha pasado de
clasificar a las diferentes sociedades y grupos humanos en función de su “grado
de civilización” a hacerlo en base a su “nivel de renta per cápita o Producto
Interior Bruto (PIB)”, dejando tradicionalmente a un lado aspectos claves como:
el grado de alfabetización y educación, la salud, la vivienda, el trabajo
digno, la calidad de vida, la seguridad, la estabilidad social y política, la
justicia social, etc.
Si bien es cierto que a partir de la Segunda Guerra Mundial se produce un
cambio paulatino, al menos a nivel teórico, en la concepción del desarrollo; la
realidad nos indica que dicho cambio no ha sido verdaderamente significativo.
El número de pobres en el mundo sigue siendo alarmante, inclusive en los países
denominados a sí mismos “desarrollados”. La falta de agua potable y de
alimentos básicos, por no
mencionar
otros aspectos, es una nota característica en numerosos grupos humanos en pleno
siglo XXI, mientras tanto un grupo más limitado de sujetos se “permiten el
lujo” de hacer un uso irresponsable e insostenible de los recursos naturales.
En este contexto no se puede hablar de un auténtico desarrollo, si entendemos
éste como mejora de las condiciones de vida de la persona en todos sus ámbitos.
Así pues, debemos pasar de las palabras a los hechos y concienciarnos de la
necesidad de reorientar y dirigir el desarrollo de manera consciente hacia una
distribución más equitativa de la riqueza. Todo ser humano tiene derecho a unas
condiciones de vida dignas y la educación, como elemento que trasciende la mera
formación, instrucción y socialización de la persona, debe contribuir a ello
modificando, transformando y mejorando la realidad socioeconómica actual.
Por este motivo, nos hemos planteado como objetivo prioritario para alcanzar el
desarrollo el de sensibilizar acerca de la necesidad de fomentar y consolidar
la cultura emprendedora. En una situación económica y laboral caracterizada por
la incertidumbre, en la que parece, no se puede garantizar un crecimiento
económico constante, y en la que encontramos altas tasas de desempleo asociadas
a un alto grado de inestabilidad laboral, parece justificada la adopción de
medidas encaminadas a “aliviar” los problemas derivados de la falta de empleo.
El fomento de la cultura emprendedora, por medio de planteamientos y acciones
educativas, se presenta como estrategia de intervención socioeducativa
orientada al desarrollo y encamina- da a minimizar los daños que el actual modelo
de crecimiento está ocasionando tanto a nivel social como medioambiental.
Desde esta perspectiva, las competencias emprendedoras no sólo deben ayudar a
los sujetos a desarrollar con éxito una iniciativa empresarial, sino también a
cultivar valores y prácticas sociales asentadas en principios democráticos. Por
ello, compartimos la opinión del profesor Pablo Galindo (2006b: 132) al
considerar que “la adopción de rasgos éticos obliga a adoptar comportamientos
emprendedores que beneficiarán a los individuos u organizaciones que los
presentan.”
Por todo lo expuesto, podemos concluir diciendo que con el fomento de la
cultura emprendedora queremos atender no sólo al crecimiento económico, que por
otro lado está justificado siempre y cuando sea un crecimiento sostenible,
justo y respetuoso con los seres humanos y la naturaleza; sino también incidir
y fomentar el desarrollo personal y social. La formación de los trabajadores
para el desarrollo de sus competencias no se puede, ni debe, subordinar a la
mejora de la economía como si esta fuera el objetivo prioritario de la
educación de todos los ciudadanos. El fomento de las competencias emprendedoras
por medio de la educación debe ayudar, por un lado, a potenciar la creatividad
y la iniciativa para generar una cultura emprendedora, y por otro lado, desarrollar
las capacidades y potencialidades humanas necesarias para una convivencia
democrática.
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