CITA
APA
Guzmán
Munita, M. (2011). Sociedad y educación: la educación como fenómeno social.
Foro educacional, (19), 109-120.
PALABRAS
CLAVE
Pedagogía
social, sistema educativo, discurso pedagógico, sociedad.
RESUMEN
Se
debe avocar por una educación que privilegie el desarrollo de las habilidades
de aprendizaje, de discernimiento, de manejo de los números y la lectura
analítica. Esto incluye también reformular la educación superior para que las
actividades no solo se orienten a la formación de profesionales sino a la
investigación y difusión del conocimiento, donde se inviertan más y mejor los
recursos para el fortalecimiento de la formación de los futuros profesionales y
donde se atienda las exigencias del mundo globalizado. La creación de
estrategias que incorporen las distintas recomendaciones realizadas por
diferentes estudios para superar la deserción y la repitencia debe ser otra
acción a realizar. Estas deben considerar factores institucionales,
socioeconómicos, familiares, docentes, contexto, otorgamiento de becas, entre
otros. No se puede caer en el pesimismo y señalar que todo es malo o que no se
ha hecho nada. Hacerlo sería negar importantes esfuerzos y no reconocer las
acciones de cambio que se han ejecutado. Lo que sí parece ser cierto es que no
han sido suficientes y se necesita aún mayores esfuerzos, acciones e ideas para
llevar adelante una educación acorde al contexto mundial en la cual se
desarrolla. La responsabilidad del cambio es de todos y todos debemos
comprometernos con él.
CONCLUSIÓN
Hemos
apreciado de qué manera educación debiera ser una fuente de igualdad social,
máxime si –como se ha expuesto– la estabilidad social y la innovación no son
conceptos incompatibles, sino complementarios. Se ha visto que la socialización
es un proceso de desarrollo que empieza en la familia, pero que es papel de la
educación formal incrementar, en democracia e igualdad de condiciones, donde se
prepare al sujeto para aprender durante toda la vida. Por tanto, se concibe
como un proceso que construye y perfecciona la personalidad del ser humano. Al
hombre le asiste la responsabilidad de humanizar su medio, y la conciencia de
esto y el conocimiento para lograrlo, lo desarrolla la educación. Desde una
perspectiva de profunda transformación, el paradigma socio-crítico provee del
marco que permite dimensionar cómo la educación pule y perfecciona al
sujeto como homus pensante, a fin de forjar una sociedad que promueva la
apertura, acepte la diversidad, sea inclusiva con las minorías y esté preparada
para el trepidante cambio que la tecnología y la vorágine de información le
imponen al sujeto del siglo XXI (Castells, 2002). En esta línea, la divergencia
de opiniones, la discusión, la negociación así como la búsqueda y construcción
de consensos, debieran ser procesos permanentes de la vida de aula. Para su
consecución, la autonomía que posee el profesor para adoptar y adaptar diversas
estrategias que permitan desarrollar en el educando el espíritu crítico con el
que cuestione su realidad, a fin de mejorarla, comprometen la eficiencia de la
anhelada transformación, como tal, base de todo proceso educativo. Por lo
tanto, las acciones de los agentes educativos debieran encaminarse a analizar
el discurso pedagógico a través del cual se articula el apoyo que brindan, para
lograr que cada sujeto pueda beneficiarse de una instrucción de excelencia, en
equilibrio con los aspectos valóricos involucrados en una real formación
integral. Esto demanda potenciar el conjunto de habilidades que estimulan el
perfeccionamiento social y personal del individuo, en el marco de los
requerimientos que impone la era de la información y el conocimiento (Pérez
Gómez, en García Peña 1994). El trepidante escenario educativo actual, vuelve
vital el rol del profesor en la tarea de acompañar, estimular y orientar el
proceso educativo, en consecuencia con el desarrollo de las cualidades humanas
que hagan de cada integrante de la sociedad, un ser humano preparado para la
vida comunitaria, en que el diálogo y la búsqueda de consensos sean el modus
vivendi. De esta manera, la responsabilidad social de las instituciones
educativas no admite dilaciones en su tarea de desarrollar una conciencia crítica,
de manera de conformar a un individuo creativo, pleno, útil y comprometido, con
conciencia de sí mismo y de su entorno, apto para construir y transformar la
sociedad.
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